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Jazz se escribe con jota

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A veces parece que el destino te envía señales inequívocas de cómo va a ser el día que comienza. Ayer mismo recibía en Facebook el recuerdo de la crónica que escribí hacía justo cinco años del concierto de El Meister en Nocturama en la que afirmaba que nos quedó claro que lo más punk que existe ahora mismo es una jota; cosa que yo ya sospechaba desde que había visto a los Hermanos Cubero meses antes en el Monkey Week. Por la noche me reafirmé en ello y volví a tener el cuerpo de jota durante el concierto con el que Carmen París cerró el ciclo de Noches Icónicas del Hotel Colón.


Ella sola en el escenario, la mayor parte del tiempo sentada ante un precioso piano de cola y en algunas ocasiones escasas de pie, lanzando su voz a capella con el único adorno de un efecto de eco discreto y comedido que le proporcionaba desde la mesa de sonido el gran técnico local que es Fali Pipió, nos ofreció una mezcla interesante de estilos musicales en el que la raíz era la jota y las ramas florecían con acordes de jazz que se desviaban en todas direcciones, con un repertorio de gran profundidad y un sonido claro y nítido.


Nos recibió con una jota lenta, la de La fiera, antes de comenzar a pasar sus manos por las teclas mientras nos contaba que, inspirada en ella, con una letra nueva, había creado otra melodía, convirtiéndola en una canción melancólica. Y con una inflexión de voz más profunda inició el camino con En mi pecho, una jota trocada en balada de jazz de forma increíble. Pero eso solo fue el preludio de lo que nos esperaba, porque con Jotera lo serás tú nos demostró como la jota es la madre del cordero, y puede dar lugar a cualquier musicalidad que necesites. Si una jota la cambias a compás binario la conviertes en un chotis, y eso fue lo que hizo en esta canción, no limitándose solo a eso, sino también remodelándola hacia el cuplé, la ranchera, que de todo ello hubo arrastrado por la fuerza de su voz y unos compases de piano medio gaditanos, medio cubanos, que tanto gustan por aquí.


Quizás nos parezca excesiva tanta mezcla, pero Carmen continuó a lo grande. Si la anterior canción nos traía aires de La Habana, la siguiente fue un vendaval con su centro allí mismo, en la capital de Cuba, donde creó Incubando, su disco de hace quince años, que contenía esta Cositas in-solitas, que ya desde el título mostraba cómo la artista se había tomado algunas licencias poéticas, desechando esdrújulas, extendidas luego a la letra, en el que trasladaba a Vietnam la narración de unos hechos realmente acaecidos en Camboya, que es un lugar que tiene muy mala rima.


Aquí la jota, sin dejar de oler a jazz, tenía sabor a cha cha chá, con un poco de picante coplero y rock and roll. El estribillo tenía, sin embargo, una cadencia de tumbao, que los espectadores nos encargamos de tumbar del todo en los coros por mucho que ella se empeñó en que no llevásemos el ritmo agallegaos, que es como los del otro lado del Atlántico llaman a los que, pongamos por ejemplo, aquí merecerían que les cortasen las manos escuchándoles llevar el compás flamenco. Los cambios exuberantes fueron más sutiles en la Distancia espeluznante, en el que la jota se convirtió en lo que Carmen definió como un bolero científico, basado en la física cuántica que manejaba Einstein, que para eso ella es una chica estudiada, que se inclinó por las ciencias, aunque lo que la llamase a gritos fuesen las letras.


Las risas, que hasta ahora menudeaban, porque Carmen es tan buena cantante como monologuista, se nos quedaron heladas cuando se levantó para ocupar el frente del escenario y mostrarnos lo soberbia que es su voz con una Nana del caballo grande, que originalmente grabó para la banda sonora de la película La novia, en una escena en la que se pasea la muerte por las salinas de los Monegros, a la que ayer despojó de toda instrumentación, a pesar de que los Derby Motoreta’s dejaron patente lo bien que le puede venir a estos ecos de Camarón, para herirnos las entrañas con ella y hacer alcanzar a la noche el rango de sublime. 


Y todavía nos removió por dentro más aún porque siguió, acompañada solo por unas comedidas pulsaciones a las cuerdas del guitalele, con Has dejado de vivir. El gesto se nos torció con la historia de su madre, aquejada de alzheimer, ingresada en una residencia donde no pudo verla siquiera durante todo el año 2020 en que el COVID nos asoló. Inspirada por aquella canción que le escuchábamos a Mercedes Sosa, Carmen pensó que no puede ser que se callen los cantores y escribió, adscrita a todas las causas perdidas y por perder, sobre los que por tener miedo a la muerte habían dejado de vivir. Fueron unos momentos escalofriantes.


De nuevo en el piano, le quitó melancolía al nombre de la calle a la que Sabina le cantó, haciendo que por ella paseasen el manisero y la Dolores de Calatayud, y le puso tonalidades menores al Mediterráneo de Serrat, haciéndole apenas besar la orillita del Delta del Ebro antes de tirar río adentro. Convirtió en baladita pop Te solté la rienda, una ranchera de José Alfredo Jiménez que popularizó María Dolores Pradera y después la imbuyó el espíritu de Sarah Vaughan en Just one?, una jota cantada en inglés, con algunos apuntes en castellano, que inicialmente grabó con la gran orquesta de jazz que formaban los profesores del Berklee College of Music al que ella nunca pudo asistir por impedimentos económicos. 


Ella sola, al piano, se bastó y sobró para recrear la melodía que compuso basada en una jota navarra, y hacerla sonar como un nocturno del New York al que Sinatra reverenciaba; maravillas para el alma.

Fue conmovedora en Savia nueva, desgranando versos de diferentes jotas para contarnos un amor imposible en una canción que hermanaba el Valle del Ebro con el Río de la Plata, y divertida en Cuerpo triste, donde a ritmo de candombe, se montó una tragicomedia en forma de canción terapéutica para personas en proceso de desamor; básicamente, lo que hace últimamente Shakira, pero con mucha más clase por parte de Carmen. La tragedia era aquí lo que decía la letra, la comedia la disponíamos nosotros desde nuestros asientos intentando acompañarla en un estribillo imposible, cada cual más desafinado que el de al lado.


Y ese fue el punto final del set, aunque todavía nos regaló un rato más de deleite con un martinete que le quedó con más jondura aragonesa que andaluza y una jota clásica, que es la que cantaban los mozos de su tierra cuando se iban a hacer la mili a África. El Martinete para Los Hilos de Vulcano formó parte de la música de una obra de teatro clásico que se representó en Mérida, en la que ella era compositora y narradora, en el papel de la diosa Fortuna; la jota de Zumba que zumbó es una de las más raciales que existen, de autoría disputada entre navarros y aragoneses, a la que Carmen quitó los componentes ácidos, para ajustarla mejor al fin de fiesta que estaba ilustrando.


Carmen Paris está en una forma ejemplar: suelta, imaginativa, plena de energía, manteniendo en gran medida bajo control cualquier tendencia hacia una estilización excesiva a pesar de sus raíces de jotera aragonesa. También es evidente su alegría. Y así se mostró ante los afortunados espectadores que ocupábamos la biblioteca del hotel, sosteniendo nuestra atención con un virtuosismo deslumbrante fermentado con un entusiasmo juguetón.